El cierre progresivo de comercios en los pueblos pequeños está empujando a los vecinos a comprar por internet incluso a quienes prefieren el comercio local. Una usuaria relata su experiencia con varios pedidos online durante las últimas semanas y describe el proceso como una carga extra que se suma a su jornada laboral, ya que trabaja frente al ordenador.
En su primer caso, adquirió en una tienda deportiva unas gafas de buceo y otras de sol como regalo. Al recoger el pedido en tienda, descubrió que solo las gafas de buceo estaban listas: las de sol, gestionadas por un vendedor tercero dentro del marketplace, llegarían a domicilio más tarde del día previsto. La cancelación tuvo que hacerse por teléfono, tras lidiar con un chatbot que no resolvía la incidencia.
El segundo caso fue con una gran empresa de bricolaje: compró una estufa de gas y la goma para la bombona. La estufa tardó diez días más de lo indicado en la web, llegó cuando ella no estaba en casa y, además, la goma no venía en el paquete porque se entregaba por separado en un punto de recogida. La goma fue cancelada.
Un tercer pedido, un aspirador adquirido en oferta, tardó 15 días en llegar, a punto de coincidir con un viaje. La autora destaca la dependencia de estar pendiente del teléfono, rastrear envíos con información imprecisa y la dificultad de gestionar incidencias sin atención humana.
