El calor reduce el apetito de forma biológica y eso lleva a sustituir comidas completas por platos muy ligeros como ensaladas o fruta, lo que en los meses de verano puede abrir la puerta a déficits nutricionales, sobre todo de proteína de calidad y de hierro. Un estudio publicado en 2021 en el British Journal of Nutrición demostró que la exposición aguda a 30 ºC disminuye drásticamente la ingesta en la comida en comparación con los 20 ºC, y que la percepción global de apetito cae en picado.
En España, un trabajo de 2005 constató que se come significativamente menos en verano que en invierno y que durante los meses cálidos un porcentaje mayor de la población no cubre sus necesidades mínimas de calorías ni de la mayoría de micronutrientes. La OMS define el riesgo de malnutrición cuando la dieta no satisface las necesidades fisiológicas durante un periodo prolongado, condición que el verano puede cumplir.
Los expertos señalan que la sustitución de comidas por bebidas, incluidos zumos, agrava la pérdida de nutrientes, mientras que los grupos más vulnerables —niños, mayores y enfermos crónicos— suman a la deshidratación una reducción del apetito fácil de pasar por alto. Como respuesta, los nutricionistas proponen compensar la menor cantidad de comida con mayor densidad nutricional: legumbres frías, pescado azul, huevo cocido y frutos secos.
