Raja Flores, cirujano torácico en Nueva York, relata cómo el 11 de septiembre de 2001 no fue un evento aislado, sino el inicio de una crisis de salud prolongada. En el vigésimo quinto aniversario, se añadirá un minuto de silencio para honrar a quienes murieron años después por enfermedades ligadas a la exposición en Ground Zero. Flores, que asistió a la zona tras los atentados, ha tratado a decenas de rescatistas y trabajadores que desarrollaron cánceres y patologías respiratorias. Pacientes como John Aris, un exoficial de policía, sufren la incertidumbre de diagnósticos recurrentes y el duelo por amigos fallecidos. Aunque la medicina no puede atribuir con certeza cada caso individual a la exposición, los estudios de población confirman el vínculo entre las toxinas del polvo (asbesto, metales pesados) y las enfermedades. Más de 140.000 personas están inscritas en el programa de salud del World Trade Center, de las cuales más de 8.000 han fallecido. Para estos pacientes, el atentado no terminó con las torres; se transformó en una batalla diaria contra enfermedades que persisten 25 años después.
