Una reflexión personal surgida en una cafetería de Sofía identifica cinco experiencias que, hace unas décadas, formaban parte de la vida diaria y hoy requieren un esfuerzo activo —y a menudo un coste extra— para conseguirlas. La lista la abre la posibilidad de estar sin conexión: el móvil se ha vuelto imprescindible para acceder a servicios básicos, hasta el punto de sustituir incluso la carta en los restaurantes. El segundo punto es el silencio, cada vez más difícil de encontrar fuera de entornos de pago como retiros de meditación o casas rurales premium. Le sigue la comida de un solo ingrediente, accesible solo en tiendas de barrio (fruterías, carnicerías, pescaderías) que sobreviven junto a supermercados llenos de productos ultraprocesados de bajo precio. El cuarto elemento es la atención humana: la compra online y los grandes servicios han eliminado el trato personal, convertirlo de nuevo en una relación exige tiempo y dedicación. El último punto es la ropa de fibras naturales, donde la oferta de calidad a precio razonable es escasa y, aun investigando, es fácil acertar con un producto que se estropea en pocos meses. El autor no niega que los bienes baratos hayan mejorado la vida de mucha gente, pero señala que cuando el listón de lo ordinario baja demasiado, lo que era normal se vende como premium: una camiseta de lana adquiere etiqueta de lujo y una manzana de temporada triplica su precio. La crítica de fondo no es económica, sino de atención: investigar, comparar y probar exige un tiempo del que cada vez se dispone menos.
