El abogado, diseñador y programador Matthew Butterick, conocido por las primeras demandas contra empresas de IA generativa por el uso de obras protegidas en sus datos de entrenamiento, sostiene en este ensayo que la inteligencia artificial es una tecnología inherentemente política. A partir del ensayo clásico de Langdon Winner "Do Artifacts Have Politics?" (1980), Butterick distingue dos modos en que una tecnología puede moldear su entorno político: cuando se diseña con fines políticos concretos (como el Gran Cortafuegos de China) y cuando es inherentemente compatible con un orden social determinado. Este segundo caso, menos visible, es el que más preocupa al autor respecto a la IA.
Butterick advierte de que la IA no necesita agentes malintencionados ni fallos técnicos para erosionar las democracias liberales. Basta con que amplifique tendencias ya existentes, sobre todo la concentración de capital. Para ilustrarlo, evoca la cosechadora mecánica de tomate desarrollada en la Universidad de California en Davis en los años cincuenta: una innovación neutral en apariencia que expulsó del mercado a la mayoría de los productores y acabó con unas 32.000 explotaciones, por su incompatibilidad con un modelo agrícola de pequeña escala. Como Winner, Butterick insiste en que reconocer el carácter político de la tecnología es condición necesaria para, eventualmente, contrarrestarlo.
El autor concluye que la promesa de bienestar material de la IA no excluye el riesgo de un desplazamiento irreversible hacia una configuración política y económica distinta a la actual, y reclama abrir el debate antes de que las inversiones y los hábitos sociales consoliden ese nuevo orden de forma casi irreversible.
