El Observatorio de Ondas Gravitacionales por Interferometría Láser (NSF LIGO), gestionado por la Fundación Nacional de Ciencia de Estados Unidos, necesita mantener sus componentes prácticamente inmóviles para detectar ondas gravitacionales: estas apenas modifican la distancia entre sus espejos, conocidos como masas de prueba, en una escala de 10⁻¹⁹ metros. Cualquier perturbación terrestre —tráfico cercano, condiciones meteorológicas lejanas, movimientos del personal o sismos globales— puede enmascarar la señal, por lo que el instrumento incorpora dos niveles complementarios de aislamiento de vibraciones.
El primer nivel, activo, se basa en plataformas internas de aislamiento sísmico (ISI) equipadas con sismómetros y actuadores de imanes permanentes. Un sistema de retroalimentación detecta el movimiento del suelo y genera contracciones que reducen las vibraciones transmitidas a las suspensiones hasta un máximo de 2×10⁻¹³ m. El segundo nivel, pasivo, está formado por suspensiones ópticas tipo péndulo cuádruple, donde cada espejo de 40 kg cuelga dentro de una estructura de 360 kg. La cadena principal combina dos masas de acero y dos de sílice fundida, unidas por hilos de vidrio de 0,4 mm que no se dilatan con la temperatura. La cadena de reacción emplea bobinas móviles —similares a las de un altavoz— y fuerzas electrostáticas para corregir las masas de prueba sin contacto físico directo. En conjunto, ambos sistemas reducen el ruido en un factor cercano a un millón, haciendo posible la sensibilidad requerida.
