Cómo la fealdad alimenta a los NIMBY y cómo la belleza podría desbloquear más vivienda

Fuentes: How ugliness helps NIMBYs, worksinprogress.co

La crisis de vivienda que atraviesa buena parte del mundo occidental ha puesto en el centro del debate el papel del urbanismo y las regulaciones urbanísticas. Un ensayo reciente publicado en Works in Progress propone una hipótesis provocadora: la fealdad de la arquitectura moderna no solo incomoda a los vecinos directos de una obra, sino que genera una nube de opositores que viven lejos del lugar, bautizados por el autor como "NITBYs", por "Not in that backyard" ("No en ese patio trasero"), un fenómeno distinto al clásico NIMBY ("Not in my backyard", "No en mi patio trasero").

La tesis central del artículo sostiene que la fealdad arquitectónica no explica por sí sola la oposición vecinal a nuevas construcciones. Los residentes locales suelen estar más preocupados por las molestias de la obra, la pérdida de zonas verdes, la presión sobre los servicios públicos o la pérdida de exclusividad social. La fealdad, admite el autor, puede jugar algún papel, pero no es el motor principal del rechazo vecinal.

Donde la estética sí resulta determinante, según el ensayo, es entre los llamados NITBYs: personas que viven lejos del proyecto, lo evalúan superficialmente y se movilizan si perciben que la nueva construcción deteriora el entorno. Este grupo, aunque menos apasionado que los NIMBYs locales, puede sumar cientos o miles de voces con enorme capacidad de influencia. Un ejemplo citado es el del barrio de I'On en Charleston (Carolina del Sur), considerado uno de los más encantadores de Norteamérica, que aun así enfrentó miles de firmas en contra y un referéndum para reducir su densidad, batalla legal que solo perdió cuando el Tribunal Supremo de Carolina del Sur dictaminó que las decisiones urbanísticas no pueden tomarse por consulta popular.

El argumento más sólido contra la idea de que la fealdad explica la resistencia a construir se basa en la cronología. Las restricciones urbanísticas aparecieron mucho antes de que el modernismo se impusiera: Alemania y Austria-Hungría crearon las primeras zonas reguladas en la década de 1890, Italia las introdujo en los primeros años del siglo XX, el Reino Unido aprobó su marco nacional en 1909 y Francia hizo lo propio en 1919. El modernismo arquitectónico, en cambio, solo emergió como corriente dominante tras la Segunda Guerra Mundial. Es decir, las grandes normativas que hoy congelan el carácter de los barrios se aprobaron cuando la arquitectura seguía siendo tradicional. La hostilidad hacia la fealdad modernista no pudo ser, por tanto, la causa originaria de aquellas reglas.

El artículo señala un caso especialmente revelador: el de la conservación del patrimonio. Hasta los años sesenta, demoler edificios históricos solía estar permitido; hoy, en cambio, la rehabilitación de inmuebles protegidos está casi siempre prohibida. Los defensores de la conservación la presentan como una reacción a la destructividad de los planificadores de posguerra, mientras que sus críticos la ven como una coartada del NIMBYismo suburbano. El autor argumenta que ninguna de las dos lecturas es convincente. Los planificadores de posguerra no fueron más destructivos que sus predecesores victorianos o georgianos, y los vecinos ya contaban con herramientas legales para bloquear lo que no deseaban. Lo que cambió fue la irrupción de una arquitectura que la mayoría percibe como antiestética, lo que movilizó a una generación de NITBYs a favor de la conservación.

El texto también menciona proyectos impulsados por el ahora rey del Reino Unido, como Poundbury y Nansledan, así como una nueva propuesta en Faversham (Kent), descritos como urbanizaciones excepcionalmente bien diseñadas que aun así han recibido cientos de cartas de protesta y la oposición de varios ayuntamientos y del diputado local.

En conclusión, el ensayo no niega que un diseño atractivo pueda facilitar la aceptación de nuevas promociones inmobiliarias, pero advierte contra la idea de que la belleza sea una solución mágica. Las regulaciones urbanísticas nacieron por motivos distintos al rechazo estético, y los NIMBYs locales seguirán encontrando razones para oponerse más allá de la apariencia de los edificios. El verdadero reto para desbloquear más vivienda, sugiere el autor, pasa por entender la diferencia entre la oposición cercana y la oposición distante, y por diseñar políticas que aborden las preocupaciones reales de los vecinos en lugar de confiar en que un cambio de estilo arquitectónico baste para desactivar la resistencia.