La caballería fue durante siglos el arma decisiva de los ejércitos europeos, pero fabricar un caballo de guerra era una empresa que empezaba mucho antes del campo de batalla. La Corona inglesa llegó a mantener cerca de una docena de yeguadas repartidas por el reino, una inversión que evidencia la planificación exigida por cada montura: cría selectiva de tamaño, fuerza y temperamento, paso por parques de observación alrededor del primer año de vida y adiestramiento progresivo en manada a partir de los tres años. El proceso completo podía prolongarse entre cinco y siete años antes de que el animal entrara al servicio de una casa nobiliaria o real.
El historiador Robert Liddiard, entrevistado en el pódcast de HistoryExtra, subraya que ese trabajo fue decisivo en la batalla de Hastings de 1066, donde Guillermo de Normandía contó con caballería entrenada frente a unas fuerzas anglosajonas de menor movilidad. La flexibilidad de los jinetes y la carga de hombres acorazados pudieron quebrar la disciplina contraria antes del contacto. El adiestramiento buscaba familiarizar a los animales con estímulos del combate —golpes, gritos, fuego, sangre— y enseñarles a morder o cocear mediante ejercicios con objetivos de paja, además de responder a señales físicas y de voz del jinete.
El coste reservó esta arma a una élite: los responsables de las yeguadas reales solían cerrar sus cuentas anuales en déficit, con gastos acumulados que podían alcanzar cientos o miles de libras. Eduardo III clausuró la red real inglesa tras el Tratado de Brétigny de 1360, al coincidir una pausa en la guerra a gran escala con la carga financiera del sistema. Aun así, la eficacia de la caballería dependía también del terreno: en Bannockburn (1314) los escoceses explotaron el suelo y sus lanzas para frenarla, y en Bosworth (1485) la caída de Ricardo III de su montura acompañó el derrumbe de su reinado.
