En 1978, un joven Bill Watterson pintó al fresco en el techo de su habitación en Kenyon College una copia amateur de 'La creación de Adán' de Miguel Ángel y, al graduarse, la cubrió con cal, dejándola inmaculada. Tres décadas después de Kenyon, Watterson envía a los editores de los más de 2.400 periódicos que publicaban Calvin and Hobbes una carta de cuatro párrafos en la que anuncia el fin de la tira con el último número del año. Confiesa que la decisión no fue reciente ni fácil, que sus intereses han cambiado y que aspira a un ritmo de trabajo más pausado y con menos renuncias artísticas. La decisión sorprendió por lo inusual: en una industria hambrienta de franquicias, Watterson renunció a licencias de merchandising, rechazó a un estudio de Hollywood y nunca tuvo asistentes. Defendía que cada palabra, cada línea, cada color y cada ilustración de sus libros debían ser obra suya, pues entendía el oficio como inseparable de la verdad que quería transmitir. Consideraba los mejores cómics de los años cincuenta no solo divertidos, sino obras de arte en mayúsculas. Watterson hizo de la limitación creativa una bandera: herramientas low-tech — pinceles, plumillas Rapidograph y crowquill — y un control absoluto sobre el producto final. Para sus seguidores, Calvin and Hobbes sigue siendo un puente entre la infancia y la edad adulta, y la decisión de abandonar en la cima una pieza irrepetible de la cultura popular se ha convertido en la culminación lógica de una filosofía donde la integridad pesa más que el éxito. En 2025, la reimagen de los domingos originales coloreados por el autor ha devuelto a las librerías una obra que había permanecido casi inalterada desde su retirada.
