A finales de 1982, Bill Gates estaba a punto de perder el carné de conducir por la acumulación de multas de velocidad con su Porsche. Cuando Seymour Rubinstein, fundador de MicroPro —la empresa detrás del procesador de textos WordStar, rival directo del inminente Microsoft Word—, llegó a las oficinas de Microsoft para una reunión de negocios, Gates le pidió consejo: iba a defenderse ante el juez arguing que poseer un detector de radares era legal. Rubinstein le desaconsejó la estrategia y le recomendó disculparse, renunciar al detector y prometer no volver a correr. Gates siguió el consejo y salió del juzgado con una sola multa.
Convencido de que la solución a su problema era eliminar la tentación, Gates compró un Mercedes-Benz diésel marrón, lento y sin radio, descrito en su autobiografía como una "prueba de disciplina mental". El plan fracasó: en 1986, la revista Fortune seguía acumulando sanciones al volante del mismo vehículo, cuyo motor acabó quemado por olvidarse de poner aceite, motivo de burla entre sus compañeros de promoción. Gates volvió sin dudarlo a su Porsche 911 Turbo azul turquesa de 300 CV y a sus excesos al volante. La anécdota, recogida en la biografía 'Hard Drive: Bill Gates and the Making of the Microsoft Empire', retrata al fundador de Microsoft como un conductor compulsivo que ni la intervención de un rival ni un coche deliberadamente aburrido lograban moderar.
