Benjamin Franklin es recordado por sus inventos prácticos, como el pararrayos y la estufa Franklin, pero su mayor ingenio quizás residía en su capacidad para reinventarse a través de la escritura. Según un informe especial de la revista Smithsonian, Franklin desarrolló decenas de personas autorales que le permitieron desafiar la autoridad, señalar la locura y promover el progreso humano con una vigorosidad que no habría podido lograr bajo su propio nombre. Esta estrategia de seudonimia no fue un simple juego literario, sino una herramienta política y social fundamental en su carrera.
Su primera alter ego, Silence Dogood, nació cuando Franklin era un adolescente. En ese entonces, su hermano mayor James, un impresor a quien Ben estaba aprendizado, le impuso un embargo sobre sus publicaciones, considerándolas corrosivas para la relación maestro-aprendiz. Para evadir esta restricción, Franklin disfrazó su letra y deslizó cartas de una viuda ficticia de mediana edad bajo la puerta de la imprenta. Estas cartas no solo deleitaron a los lectores, sino que destacaron las dificultades que enfrentaban las viudas y las mujeres de la época. Esta figura sentó las bases para futuras creaciones como Polly Baker, una descendiente literal de Dogood que defendió su derecho a la libertad sexual ante los magistrados, argumentando que obedecía el mandato bíblico de ser fecunda y multiplicarse, y cuestionando por qué no se sancionaba a los hombres responsables de sus hijos ilegítimos.
Sin embargo, su alter ego más famoso fue Richard Saunders, un astrónomo y polímata que publicaba anualmente el 'Poor Richard's Almanack'. Este almanaque, que contenía información sobre festividades y fases lunares, se distinguía por sus chistes y consejos de humor. Frases como 'Los peces y los visitantes huelen a los tres días' se convirtieron en clásicos. Aunque Franklin no inventó muchos de estos adagios, mejoró versiones anteriores, creando una voz popular que los lectores de Filadelfia pronto identificaron como suya, a pesar del seudónimo.
Al entrar en la política, Franklin creó nuevas personas para adaptarse a sus roles. Americanus apareció en el Pennsylvania Gazette para responder a los planes del Parlamento británico de transportar convictos a América. Con una sátira mordaz, Americanus comparó a los convictos con serpientes de cascabel, argumentando que estas eran un 'regalo' más adecuado que los 'serpientes humanos' enviados por la 'Madre Patria', ya que las serpientes avisan antes de atacar. Más tarde, al ser nombrado agente de la Asamblea de Pensilvania en Londres en 1757, Franklin adoptó la persona de Benevolus. A diferencia de sus otros alter egos, Benevolus era serio y se utilizó para rebatir los argumentos en el Parlamento británico sobre la imposición de impuestos a las colonias. Tras las revueltas provocadas por la Ley de Sellos, Benevolus identificó errores de hecho y razonamiento en la política británica, instando a una unión firme basada en la afectación y el gobierno, no solo en la fuerza.
La utilidad de estas personas variaba. Mientras que Americanus y Benevolus eran seudónimos obvios en una época donde las opiniones políticas a menudo aparecían bajo nombres ficticios para evitar problemas con las autoridades o para enfatizar que la persuasión dependía de la evidencia y no de la experticia del autor, figuras como Polly Baker eran creídas por muchos lectores como reales. Esta ambigüedad permitía a Franklin navegar entre la sátira y el discurso serio, manteniendo una distancia protectora.
Su última alter ego apareció semanas antes de su muerte en 1790. Como líder del movimiento abolicionista, Franklin envió una petición al Congreso para poner fin a la esclavitud. En respuesta a las defensas vehementes de los apologistas de la esclavitud, que citaban la necesidad económica y la religión, Franklin publicó una sátira en la que pretendía haber descubierto un discurso de Sidi Mehemet Ibrahim de Argel justificando la esclavitud. Este último acto de ingenio literario reafirma que, para Franklin, la libertad de expresión y la crítica a la autoridad eran inseparables de su identidad pública, demostrando que su mayor invención no fue un objeto físico, sino la capacidad de moldear su voz para servir a la causa de la libertad y la razón.
