Los glaciares almacenan agua dulce que liberan durante la estación seca, un recurso esencial para el consumo humano, la agricultura y los ecosistemas. Cuando retroceden, el agua que los abandona termina en los océanos y eleva el nivel del mar, lo que afecta a las comunidades costeras. Por eso su evolución interesa a la ciencia y a la política climática.
El balance de masa glaciar describe la diferencia entre la nieve que se acumula sobre un glaciar y el hielo que se pierde por fusión, sublimación o desprendimiento. Cuando predomina la pérdida, el glaciar adelgaza y su frente retrocede hacia cotas más altas y frías; cuando predomina la acumulación, el glaciar avanza ladera abajo. Cada glaciar responde a una combinación particular de temperatura, radiación solar, nubosidad, albedo, precipitación en forma de nieve o lluvia, temperatura del agua marina y dinámica de su base.
El Servicio Mundial de Vigilancia de Glaciares (WGMS) realiza un seguimiento continuo de un conjunto de glaciares de referencia repartidos por 19 zonas montañosas. Sus registros muestran un balance de masa negativo durante 31 años consecutivos, con una pérdida acumulada equivalente a unos 20 metros de agua desde 1976. Series más largas confirman que los glaciares están en retirada desde el siglo XIX.
La medición combina métodos sobre el terreno (estacas clavadas en el hielo, pozos de nieve, sondeos y estratigrafía en grietas) con teledetección (radar, sensores ópticos y misiones gravimétricas como GRACE). El Quinto Informe del IPCC concluyó, con alta confianza, que una parte sustancial de la pérdida de masa glaciar es atribuible a la influencia humana.
