El açaí (Euterpe oleracea) ha pasado de ser una moda estética de redes sociales a un producto de gran consumo en España, tras el lanzamiento por parte de Mercadona de un sorbete de açaí con sabor a guaraná. Sin embargo, no se trata de una baya, sino de una drupa que crece en las palmeras de la Amazonia y cuya pulpa, por su corta vida útil, se exporta congelada o liofilizada. La evidencia científica respalda sus propiedades: la doctora Sara Marín Berbell señala que contiene más antioxidantes que los arándanos gracias a sus antocianinas, y su perfil nutricional destaca por su bajo contenido en azúcar (unos 2 g por cada 100 g) y su riqueza en grasas saludables y fitoesteroles, que contribuyen a la salud cardiovascular. Además, su índice glucémico es de 24, muy inferior al de la sandía (72) o el pan blanco (75), y sus polifenoles actúan como prebióticos beneficiosos para la microbiota intestinal.
No todo lo etiquetado como açaí es igual de saludable. Nutricionistas como Miguel Ángel Ruiz y Carlos Ríos han criticado el sorbete de Mercadona por sus 11 g de azúcar por cada 100 g y por incluir emulsionantes como el carboximetil, considerado inflamatorio. También alertan sobre los bowls de las cafeterías, que pueden convertirse en preparados hipercalóricos. Como alternativa, existen tabletas de açaí 100 % congelado y sin azúcar añadido, como las comercializadas por Alcampo.
El fenómeno tiene además dimensión geopolítica y ecológica. Brasil declaró el açaí fruta nacional para protegerlo de la biopiratería, tras el caso de una empresa japonesa que registró la marca en 2003. Investigaciones de la revista Springer han demostrado que las abejas nativas sin aguijón de la Amazonia polinizan el 60 % de la producción, y familias amazónicas están sustituyendo la ganadería por el cultivo sostenible del açaí y la cría de estos insectos, cuyo propóleo muestra propiedades cicatrizantes en ensayos clínicos.
