Australia arrastra la reputación de ser el país con los animales más peligrosos del mundo, pero los datos cuentan una historia más matizada. Según Encyclopaedia Britannica, el territorio acoge 66 especies venenosas, una cifra inferior a la de Brasil o México, aunque varias de ellas figuran entre las más tóxicas del planeta, como el taipán del interior, las medusas de caja, la araña de embudo de Sídney o el pulpo de anillos azules. Esa potencia explica por qué la percepción de riesgo sigue muy viva, incluso cuando los encuentros con humanos son poco frecuentes.
La alta concentración de especies venenosas tiene una raíz evolutiva. Hace unos 100 millones de años, el continente formaba parte de Gondwana, un supercontinente que se fragmentó y dejó aislada a parte de su fauna. En el caso de las serpientes, todas las especies australianas descienden de un ancestro común llegado desde Asia hace unos 40 millones de años, lo que justifica que la mayoría comparta esa característica.
El riesgo real, sin embargo, es mucho más bajo de lo que sugiere la fama. Entre 2000 y 2013, más de 41.000 personas fueron hospitalizadas por picaduras o mordeduras en Australia, pero solo 64 murieron. Las arañas no causan fallecidos desde la introducción de antídotos en 1981, los tiburones protagonizan menos de una muerte al año y el casuario ha provocado un único fallecimiento documentado en casi un siglo. La convivencia con esta fauna se basa, sobre todo, en evitar errores más que en enfrentarse a un peligro constante.
