Un vecino de Aberdeen (Escocia) relata en primera persona cómo permaneció más de una hora encerrado en uno de los ascensores de su edificio, cuyo mantenimiento paga junto a su compañero de piso al Ayuntamiento de Aberdeen a razón de unas 80 libras trimestrales. La cabina, según describe, era una caja metálica que bloqueaba casi toda la cobertura móvil y cuyo único botón funcional era una alarma local que no conectaba con ningún operador, sino que emitía un sonido que ni el propio vecino sabía identificar como petición de auxilio.
Tras cerca de una hora sin respuestas, intentó varias vías de comunicación: mensajes SMS enviados con dificultad por la mala señal, Twitter (cuyo interfaz no cargaba por la pérdida de paquetes) y, finalmente, la herramienta mosh junto al servicio SDF MetaArray. mosh, diseñada para tolerar altas tasas de pérdida de paquetes y conexiones intermitentes, le permitió abrir una sesión SSH y enviar un correo electrónico con Mutt. Pocos minutos después, los bomberos ya estaban en camino, aunque el ascensor «milagrosamente» se rearmó y abrió sus puertas antes de que llegasen.
El incidente funciona como caso de uso real y casi involuntario de mosh: un software pensado originalmente para sesiones remotas en redes móviles e inestables que, en este episodio, sirvió para pedir ayuda desde el interior de una cabina de ascensor. El autor plantea además la posibilidad de reforzar la señal de su punto de acceso WiFi para volver a recurrir a mosh si la avería se repite.
