El agar, un polisacárido derivado de algas rojas, es un componente esencial en laboratorios de todo el mundo, crucial para la producción de vacunas, pruebas de antibióticos y diversas técnicas de biología molecular. Su historia es sorprendentemente estratégica, ya que durante la Segunda Guerra Mundial, su escasez provocó una búsqueda global por parte de países como Gran Bretaña, Chile, Nueva Zelanda y Sudáfrica, llegando a ser considerado un 'material crítico' comparable al cobre, níquel y caucho. Incluso Alemania dependía de suministros japoneses.
El agar funciona como un medio de cultivo sólido donde las bacterias y otros microorganismos pueden crecer y formar colonias visibles, facilitando su estudio y propagación. Un derivado, la agarosa, es fundamental en electroforesis de gel, una técnica para separar fragmentos de ADN. Aunque se han buscado alternativas desde la posguerra, el agar sigue siendo insustituible debido a su rendimiento, costo y facilidad de uso.
Su origen se remonta a una anécdota del siglo XVII en Japón, donde un posadero descubrió accidentalmente sus propiedades gelificantes al observar cómo el sol transformaba los restos de una sopa de algas. Desde entonces, el agar se ha utilizado en la cocina japonesa, conocido como 'kanten', y se ha extendido a diversas culturas culinarias alrededor del mundo, apreciado por su capacidad para formar geles firmes y estables al calor, además de ser vegano y sin sabor.
Antes de su adopción en el laboratorio en 1881, los microbiólogos utilizaban otros alimentos como medios de cultivo. La capacidad del agar para ser liofilizado y reconstituido, convirtiéndolo en un 'gel físico', facilita su transporte y almacenamiento a largo plazo. Su versatilidad y propiedades únicas lo han convertido en un pilar fundamental de la investigación científica, permitiendo avances como el desarrollo de la herramienta de edición genética CRISPR/Cas9.
