En el siglo XIX, París instaló los famosos pissoirs: pequeños quioscos de hierro ornamentado con flores, conchas y faroles que servían como urinarios públicos tras la prohibición de orinar en la calle en 1850, motivada por las epidemias de cólera. Su función principal era masculina, ya que se asumía que las mujeres apenas participaban de la vida pública. Casi desde su inauguración, los pissoirs se convirtieron también en puntos de encuentro clandestino para hombres que buscaban relaciones sexuales con otros hombres, un uso imprevisto que las autoridades respondieron con vigilancia policial y chantajes.
Al otro lado del Atlántico, la historia tomó otro rumbo. En Estados Unidos, las tabernas funcionaban como la red de facto de baños públicos en las grandes ciudades, lo que convirtió la disponibilidad de aseos en una causa del movimiento por la temperancia. Activistas como los documentados por el historiador Peter C. Baldwin impulsaron la construcción de grandes comfort stations municipales con múltiples cabinas, concebidas como alternativa a los bares. El efecto inesperado fue que los retretes privados empezaron a restringir el acceso solo a clientes, y con la llegada de la Prohibición la inversión pública se estancó.
El artículo, basado en los trabajos de los sociólogos e historiadores Andrew Israel Ross y Peter C. Baldwin, sostiene que las grandes estaciones subterráneas de principios del siglo XX han desaparecido en su práctica totalidad. Hoy, el peatón depende de hoteles, tiendas y cafeterías, y la privacidad corporal se ha transformado en una mercancía comprable, sujeta al juicio sobre el estatus social del usuario. La escasez de baños públicos en ciudades como Chicago o Nueva York, concluye, es heredera directa de esa historia.
