En 1997, los ecólogos Daniel Janzen y Winnie Hallwachs acordaron con la empresa de zumos Del Oro que esta donara parte de sus terrenos al Área de Conservación Guanacaste, en Costa Rica, a cambio de depositar cáscaras y pulpa de naranja sobre tres hectáreas de pastos degradados. Durante un año, unos 1.000 camiones descargaron 12.000 toneladas de residuos sobre el terreno. La empresa rival TicoFruit denunció la práctica ante el Tribunal Supremo, que dio la razón al demandante y canceló el experimento. El lugar quedó abandonado durante quince años.
En 2013, el investigador Timothy Treuer regresó al sitio y descubrió que la parcela había sido absorbida por un bosque tan denso que ni siquiera el cartel amarillo que la señalizaba resultaba visible. Mediciones posteriores confirmaron la transformación: el suelo era más rico en nutrientes, la diversidad de especies había aumentado y la biomasa arbórea crecía un 176 % respecto a una parcela vecina testigo. En seis meses, las cáscaras se habían convertido en un suelo negro y fértil.
Los científicos creen que las cáscaras enriquecieron un suelo extremadamente empobrecido y sofocaron las gramíneas invasoras, catalizando la regeneración forestal. El caso se ha convertido en un referente de restauración ecológica con residuos agrícolas, aunque los propios investigadores insisten en que no debe servir para justificar vertidos sin control.
